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BULBOSAS - Capítulo 5 : Cultivo



Adquisición


No resulta difícil encontrar
los bulbos en el mercado: las espe­cies más comunes se pueden adquirir
en tiendas de jardinería, viveros e incluso grandes almacenes. Las más raras
se pueden pedir por correo a empresas especializadas, en su mayoría holandesas,
que anualmente publi­can catálogos con una lista actualizada de sus disponibilidades.
En todos los casos, pero sobre todo si los proveedores ofrecen precios convenientes
aunque sin garantía, es preciso tener en cuenta algunas reglas de oro: los
bulbos o cormos deben estar íntegros, no presentar signos de daños produ­cidos
por insectos u Otros organismos nocivos, y deben ser duros y compac­tos
al tacto y algo pesados. Un peso reducido puede ser síntoma de enferme­dad
o deshidratación. En caso de duda, antes de comprar grandes partidas conviene
cortar por la mitad algún ejemplar para comprobar sus condiciones interiores.
Una vez adquirido el material,
no se debe dejar guardado durante dema­siado tiempo, especialmente sí
no se encuentra en un embalaje adecuado. Los bulbos protegidos por túnícas,
como los de los jacintos, narcisos y tulipanes, pueden dejarse algún tiempo
en cajones bajos. Los bulbos despro­vistos de túníca, como los escamosos
de los lirios y de Fritillaria, o los que poseen raíces carnosas persistentes,
como los de las azucenas o los tubérculos de los ciclámenes, se deshidratan
con más facilidad y, por lo tanto, no deben permanecer expuestos al aire durante
mucho tiempo. Se pueden conservar durante períodos cortos en cajones llenos
de arena o turba húme­da.
Preparación del terreno

Ante todo, el terreno debe
estar bien trabajado con pala, pico y rastrillo. Es necesario eliminar las
piedras, los cantos gruesos y las raíces de plantas infestantes y desmenuzar
los terrones con cuidado. La mayoría de las plantas bulbosas requiere un terreno
ligero, de granulometría intermedía o ligeramente arenoso, poroso, fértil
y bien drenado. Veamos el significado de estas definiciones. El término "
ligero ", que se contrapone a compacto, hace referencia a la facilidad con
que se trabaja un suelo. La expresión egranulometria intermedias se refiere
al tamaño de las partículas elementales que conforman el suelo.
Según una convención internacional
se distingue en primer lugar el esqueleto, que comprende las partículas con
un diámetro superior a 2 mm y la tierra fina, constituida por partículas con
un diámetro inferior a 2 mm. La tierra fina comprende a su vez, en proporción
variable, grava, gravilla, arena gruesa, arena fina, limo y arcílla. Cada
catego­ría se define en relación con el tamaño de las partículas que la
componen, en orden decreciente al diámetro.
Los suelos arenosos contienen
un 70-80% de arena, los arcillosos más del 25-30 % de ardua y los de granulometria
intermedia, los ideales desde el punto de vista agronómico, entre un 45 y
un 80% de arena, un 10-15% de limo, 5-10% de ardua, 1-5% de cal y
3-5% de materia orgánica.
La porosidad da, sin embargo,
una idea del porcentaje de poros e intersti­cios presentes en el suelo.
Una porosidad medía significa alrededor del 50%; es algo menor en los suelos
arenosos (30-40 %) y ligeramente superior en los suelos arcillosos (55-60
%), alcanzando el máximo en los humiferos (70-80 %).
Otra característica importante
es la capacidad del agua de lluvia o artificial para infiltrarse en el suelo.
Cuando no logra hacerlo con facilidad puede llegar a producir estancamientos
o la erosión de laderas en pendiente, en cuyo caso suele tratarse de suelos
pesados, compactos o incluso impermeables.
Sólo un reducido número de especies
bulbosas, como las ninfeas o las calas, toleran suelos en los que el agua
tiende a acumularse. En los terrenos arcillosos, que con frecuencia presentan
este inconveniente, a veces se hace necesario prepararlos y corregirlos con
arena, estiércol seco o humus que mejoren el drenaje.
En algunos casos puede ser también conveniente excavar canales de drenaje.
Sí no es posible corregir el suelo, siempre se puede recurrir a la creación
de parterres con tierra traída de otro lugar que puede retenerse con muretes
adecuados.
Las dimensiones de las particulas
elementales definen la estructura de un suelo, como se muestra en la tabla
reproducida bajo estas lineas.





Clases granulométricas


Diámetro de las partículas




Esqueleto


Piedras y cantos


> 10 mm



 

Grava


5-10 mm



 

Gravilla


2-5 mm




Tierra fina


Arena gruesa


2-0,2 mm



 

Arena fina


0,2-0,02 mm



 

Limo


0,02-0,002 mm



 

Arcilla


< 0,002 mm






Abonado

Las plantas toman del suelo,
por medio de su sistema radicular, el agua y las sales minerales necesarias
para su crecimiento. En general necesitan 12 elementos esenciales. Algunos
de ellos, concretamente el boro, el zinc, el cobre y el molibdeno, denominados
microelementos, son consu­midos en cantidades infinitesimales, ya que
sólo intervienen en la formación de determinadas enzimas. Rara vez se producen
situaciones de carencia. El calcio, el magnesio, el azufre, el hierro, el
nitrógeno, el fósforo y el potasio son, en cambio, elementos estructurales
de primer orden (macroelementos). Sin embargo, mientras que los primeros cuatro
no suelen escasear, el azufre, el fósforo y el potasio pueden llegar a constituir
elementos limítantes del crecimiento cuando se encuentran en cantidades insuficientes.
Los abonados tienen por finalidad asegurar un aporte justo y equilibrado de
estos nutrientes fundamentales.
Nitrógeno
Constituye entre un 1 y un 3
% del peso seco de los tejidos maduros y entre un 5 y un 6% de los tejidos
jóvenes. Entra en la composición de las proteínas, la clorofila, los ácidos
nucleicos, encargados de transmitir los caracteres hereditarios, y de otras
sustancias importantes como los alcaloides y los glucósidos. Se consume sólo
en estado mineral y en grandes cantidades durante todo el ciclo vegetativo,
alcanzando máximos que corres­ponden a la fase del desarrollo radicular,
de la formación de los órganos de reproducción y de la fecundación.
En los suelos destinados al
cultivo perma­nente debe añadirse con regularidad. Dejando a un lado los
abonos orgáni­cos, de los que se hablará más adelante, el nitrógeno se
puede administrar en forma mineral como calciocíanamida, urea, sulfato amónico,
anhídrido de amonio, nitrato de calcio, nitrato de amonio, etc.
El momento más apropiado para
llevar a cabo esta operación suele ser la primavera, cuando recomienza la
actividad vegetativa, periodo en el que la planta necesita importantes cantidades
de este mineral y las disponibilidades en el suelo son por lo general escasas,
ya que los procesos biológicos de mineralización de la materia orgánica apenas
se han reanudado. Los abonos nitrogenados favorecen el desarrollo vegetativo
y la formación de hojas, pero si se administran en cantidad excesiva pueden
producir efectos negativos.
Fósforo
Desempeña también una función
fundamental en la vida de las plantas: interviene en la composición de los
ácidos nucleicos, de las molécu­las responsables de la síntesis de clorofila y
de los intercambios energéticos. Constituye además un valioso material de
reserva en las semillas, los tubér­culos, etc., y se considera un factor
de precocidad, ya que acelera y favorece los fenómenos ligados a la floración,
la fecundación y la maduración de los frutos. El
abonado con fósforo no acarrea problemas específicos y se puede realizar con
perfosfatos minerales o con escorias Thomas.
Potasio
Constituye
el 1 % del peso seco de los tejidos vegetales e interviene en todos
los mecanismos de regulación de la semipermeabilidad de las membranas celulares,
de mantenimiento del equilibrio ácido-básico, de formación y acumulación de
sustancias de reserva y de resistencia a los daños causados por el frío o
por otras adversidades. Un abonado potásico equilibrado, que puede
efectuarse con cloruro de potasio, sulfato de potasio o sal potásica, favorece
el fortalecimiento de los tallos, la salud de la planta, e influye en el color
y el perfume de las flores.
Con frecuencia, los abonos minerales
no se administran de forma aislada sino asociando dos o tres elementos. Generalmente,
el nombre de los abonos complejos va seguido de unos números que indican el
contenido de los constituyentes principales. La primera cifra índica el porcentaje
de nitrógeno, la segunda el contenido de anhídrido fosfórico y la tercera
el de óxido de potasio. De esta forma, el complejo ternario 6-12-6 contiene
un 6 % de nitrógeno, un 12 % de anhídrido fosfórico y un 6% de óxido de potasio.
En el mercado pueden encontrarse
también abonos foliares, que han sido estudiados para que sean asimilados
directamente por las hojas. Además de nitrógeno, fósforo y potasio, dichos
productos pueden contener también algunos mícroelementos que resultan muy
útiles en situaciones de debilita­miento general, originadas después de
un trasplante o de heladas, granizo. sequías prolongadas, etc.
Abonos orgánicos

Sí bien la administración de
abonos minerales, cuando se efectúa de forma adecuada, produce efectos evidentes
e inmediatos sobre el crecimiento y la salud de las plantas, el éxito de los
cultivos a largo plazo está indisolublemente ligado a la presencia de materia
orgánica en el suelo.
En ambientes naturales, que
no se hallan sometidos a explotación por parte del hombre, los restos de las
plantas y los animales muertos son devueltos al suelo donde, gracias a la
acción combinada de numerosos organismos y microorganismos, se descomponen
progresivamente y experimentan cam­bios bioquímicos hasta transformarse
en una sustancia negruzca, amorfa, resistente a una degradación posterior,
que se conoce con el nombre de humus. Esta sustancía tiene efectos favorables
sobre las propiedades físicas y químicas del suelo y en especial sobre su
estructura, aireación, capacidad de laboreo y de retención de agua. Por otra
parte, el humus producido por la descomposición de la materia orgánica se
míneraliza deforma lenta y regular y va liberando los elementos minerales
que se han citado anteriormente como indispensables para el crecimiento de
las plantas. Aunque en la naturaleza el aporte de materia orgánica al suelo
se produce de forma espontánea, es evidente que en los terrenos sometidos
a cultivo, especialmente donde el producto es sustraído con regularidad, el
aporte de materia orgánica tiene que proceder del exterior. No
todos los aportes realizados producen los mismos efectos.
Así, materiales ricos en lignina
y celulosa, como por ejemplo la paja, actúan de manera muy positiva sobre
la estructura, pero lo hacen en menor medida sobre la nutrición de la planta,
ya que se míneralíz.an con dificultad y contienen poco nitrógeno. Por el contrario,
las hierbas, las hojas y en general los productos acuosos se mineralizan con
rapidez y por tanto proporcionan elementos nutritivos que pueden ser utilizados
inmediatamen­te por los vegetales. Existen, en cualquier caso, varios
abonos orgánicos de amplio uso. Entre ellos, los más empleados en floricultura
son el estiércol, los sustratos enriquecidos y, para el cultivo en macetas,
la turba y la sangre seca.
El estiércol está constituido
por una mezcla de heces animales y materiales de establo que se dejan fermentar
durante varios meses en un estercolero. A lo largo de este período se va transformando
progresivamente en una masa negra, pastosa, uniforme e inodora en la que resulta
difícil distinguir sus constituyentes originales. Sólo se puede utilizar cuando
ha alcanzado este estado. Resulta ideal para la preparación del terreno. Generalmente
se entie­rra en otoño de forma que su descomposición se halle ya avanzada
en primavera, estación en la que se reanuda la actividad vegetativa.
Se denominan sustratos enriquecidos
ciertas mezclas obtenidas al hacer fermentar estiércol u otras materias orgánicas,
como hojas, hierbas o incluso restos orgánicos domésticos, junto con una determinada
cantidad de tierra. Estos preparados resultan muy eficaces y cualquier persona
puede producir­los con un mínimo esfuerzo.
Citemos por último la turba,
material fósil de origen natural que se ha ido acumulando durante siglos en
ciertos sustratos ácidos (turberas), caracteri­zados por la falta de oxígeno
y por la presencia de una humedad excesiva. La turba suele agregarse a las
macetas por su capacidad para retener agua y conferir mejor estructura al
sustrato.
En los comercios se pueden encontrar
también productos que contienen sangre seca, muy eficaces por su contenido
en nitrógeno (sí bien carecen de fósforo), que es liberado lentamente.
Corrección y preparación
del suelo

El grado de acidez del terreno
condiciona de forma notable la vida y la salud de las plantas. La disponibilidad
y la posibilidad de asimilar los distintos elementos nutritivos, así como
la activi­dad de los microorganismos responsables de la mineralización
de la materia orgánica, pueden variar considerablemente en función de la acidez
o la alcalinidad del sustrato. En ciertos casos, puede ser necesario o conveniente
intervenir con los oportuños correctivos. El remedio más eficaz contra la
acidez es la calcificación, es decir, la adición de carbonato cálcico, cal
viva o de marga en dosis variables de acuerdo con las distintas situaciones.
Un exceso de alcalinidad, en cambio, se puede corregir administrando al suelo
yeso, ya sea sulfato de calcio en polvo o azufre en polvo.
Con frecuencia es necesario
también preparar el terreno para modificar algunas de sus características
físicas como la estructura o la textura. El aporte de materia orgánica constituye
por lo general el remedio más eficaz y sencillo tanto contra una soltura excesiva
como contra una gran compactación. Asimismo se puede agregar arena a pequeñas
superficies para mejorar la textura y corregir los terrenos arcillosos. El
calcio actúa siempre de forma favorable sobre la estructura.





Tipo de estiércol


N


P


K




Mixto seco


5,0


2,6


5,3




De caballo


6,7


2,3


7,2




De bovinos


3,4


1,3


3,5




De cerdo


4,5


2,0


6,0




De oveja


8,2


2,1


8,4








Origen del estiércol


Peso anual de estiércol producido
(en kg)




Caballo y buey de tiro


100




Buey de engorde en establo


160




Vaca lechera en establo


120




Oveja


6




Cerdo


15




Gallina ponedora


0,6-0,7



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